31 mayo 2010

¿Se va a quedar usted aquí?

Observo un curioso fenómeno entre los pacientes desde que ando haciendo sustituciones puntuales en los distintos centros de salud de Madrid.

Todos me preguntan lo mismo: "¿se va a quedar usted aquí?".

A veces me gustaría pensar que lo dicen porque les gusta cómo les trato o cómo trabajo, pero me da en la nariz que aquí el problema es la discontinuidad asistencial.

La Medicina de Familia es, por naturaleza, una especialidad de seguimiento longitudinal. A los pacientes les gusta, y les resulta bueno y útil, tener un mismo médico siempre. Tener su "médico de cabecera". Que su médico les conozca, y que para una consulta simple no tengan que contarle al sustituto de turno toda su historia médica personal. Que su tratamiento esté ordenado y prescrito de forma racional. Que su algoritmo de opciones terapéuticas sea visto por alguien desde fuera, y seguido siempre por la misma persona. Por otro lado, a los médicos de familia nos gusta, y nos resulta necesario, tener un grupo de pacientes a los que seguir a lo largo del tiempo. Porque estamos preparados para eso, para hacer seguimiento de trastornos crónicos, vigilar tendencias, y manejar terapias de larga duración. Que no sólo somos especialistas de lo frecuente, sino también de lo crónico.

Me doy cuenta de que existen muchos cupos en los que al médico titular le pasa lo que al Guadiana: a ratos está, y a ratos no. Por diversas razones: personales, familiares, laborales, formativas, de salud... El caso es que los pacientes de estos médicos tienden a realizarme la preguntita arriba indicada, y en todos brilla abiertamente el deseo de que alguna vez se les diga que sí. Son pacientes que aún tienen la esperanza de venir tres veces seguidas y encontrarse las tres con la misma cara tras la mesa.

Siento decepcionarles. "No, qué va, si a mi sólo me han hecho un contrato por un día, seguro que mañana ya está aquí su médico".

Muchos de ellos se marchan de la consulta con una cara bastante triste.
¡Qué majos!, y cómo se merecerían un sí...

13 mayo 2010

Tiempo de finales

Hoy se podría decir que al fin he terminado mi residencia.

Esto no es estrictamente cierto, dado que técnicamente mi contrato no ha finalizado y aún no me han evaluado y otorgado el título de especialista, pero acabo de volver de mi última guardia rural, y estoy de vacaciones. De modo que en la práctica, esto está más que consumado. Soy LIBRE.

Ahora que llego al final del recorrido (siempre que no me encuentre con un suspenso en la evaluación), me veo capacitada para hacer algunas reflexiones.

Creo poder decir que la residencia es un mal necesario o un bien necesario, según se vea.

Yo no soy a día de hoy el mismo médico que era cuando empecé a trabajar hace más de cuatro años en la residencia de ancianos.

He adquirido experiencia, manejo práctico e independencia. Ahora creo que sí tengo ese famoso 90% de acierto en la orientación diagnóstica inicial por la historia clínica. Ahora, cuando me hablan de una pastilla con forma de corazón, o de una pastilla gorda para el azúcar, sé entender a qué se refiere el paciente. Sé, de este modo, contestar a preguntas que otrora no habría sabido. Porque he adquirido elementos de juicio para comprender la anamnesis mejor de lo que la podía comprender antes.

He adquirido conocimientos teóricos, por supuesto, pero sobre todo he integrado otros miles de fragmentos de conocimiento que tenía desperdigados en la cabeza tras salir de la facultad. Se diría que lo he consolidado todo. De ello lo más llamativo es que ahora soy terapeuta. Uno sale de la facultad sabiendo de patología y algo de farmacología, pero desconociendo pautas, dosificaciones o manejo pragmático de los tratamientos. Era el agujero teórico más grande, que ha quedado tapado.

Además, la residencia me ha dado nuevos mecanismos para "buscarme la vida" y para ampliar la búsqueda, nuevas fuentes de conocimiento, nuevas formas de adquisición del mismo.

He aprendido técnicas prácticas, aunque no siempre podemos ponerlas a funcionar. El hecho de que ahora mismo yo pueda utilizar con relativa soltura un ecógrafo para explorar patología abdominal o ginecológica, me facilita los diagnósticos. O mejor dicho, me los facilitaría si todos los centros dispusieran de un ecógrafo. Haber aprendido a hacer punciones o infiltraciones articulares también podría dar bastante juego, si en las consultas tuviésemos tiempo para ello. La pequeña cirugía (y el manejo del bisturí eléctrico) también es algo que no se suele fijar en la facultad, y que en la residencia he tenido ocasión de "hacer mío". He atendido partos, y esa habilidad ya me ha sacado de un apurillo en una guardia nocturna de un hospital sin sección de obstetricia.

He sacado adelante mi primer proyecto (simple) de investigación, y he quedado satisfecha con el resultado.

Tiene la residencia, en fin, un valor formativo innegable. Es por ello un bien necesario.

Sin embargo, también es un mal necesario. Porque desgraciadamente toda esta formación no se adquiere en la facultad, ni en un horario de trabajo normal. Los cuerpos y las mentes sufren un enorme desgaste durante la residencia por culpa del dichoso sistema de guardias. En un periodo de tiempo tan importante, en que el residente tendría que estar al 100% para absorber todo lo que se le ofrece, nos encontramos con una media de 6 guardias al mes, lo que supone además 6 días perdidos de recuperación física (...esa necesidad humana de dormir, estando saliente...). Los meses pueden pasar como el rayo o convertirse en auténticas torturas inacabables dependiendo de lo buenas o malas que sean esas guardias, y el conocimiento que uno es incapaz de asimilar depende directamente del agotamiento que las guardias provocan. Las guardias también disminuyen el rendimiento para el estudio teórico y para el desarrollo de nuestras tareas de investigación, y limitan nuestra capacidad de trabajar de forma continuada (esto es mucho más acusado cuando una está rotando en el Centro de Salud).

¿Las guardias son necesarias? Desgraciadamente es parte de la formación, y se adquieren muchos conocimientos (y mucha capacidad de asumir responsabilidades) durante las mismas. Pero sigo pensando que es una tortura su duración (17-24 horas) y que podría perfectamente aprenderse lo mismo en guardias de sólo 12 horas. Aparte, claro está, de que yo abogaría por el abandono de las guardias de puerta de hospital tras el segundo año de residencia. Los residentes de Familia deberíamos poder cumplir lo que el programa indica... que nuestras guardias sean mayoritariamente en Atención Primaria.

De forma efectiva, en estos 4 años yo calculo que habré envejecido 7. Durante la residencia me han salido mis primeras canas y alguna que otra varicilla, y se me han marcado alarmantemente las bolsas de los ojos.

No es de extrañar, pues, que estuviera deseando acabar la residencia. Porque contrasta el hecho de vivir un magnífico periodo formativo con el sentimiento de agotamiento crónico. ¡Ay, si la residencia fuese más racional, y sólo hiciéramos 2-3 guardias de 12 horas al mes, cuánto cambiaría el panorama! ¡Cuánto más se aprovecharía el tiempo, cuánto más se podría estudiar, cuánto más se podría investigar, cuánto más se rendiría!

Puede que un médico que no pase por la residencia también adquiera estos conocimientos, pero sinceramente supongo que se debe tardar más en hacerlo. Este ha sido para mi un periodo intensivo de "ampliación cerebral", que creo que ha merecido la pena. Pero ahora toca pasar al trabajo extensivo. Relajar un poco el ritmo.

Vacaciones. Y luego reincorporarme al trabajo en las ofertas que ya me han hecho.
Trabajar sin hacer guardias salvo que me apetezca hacerlo.
Recuperar el resto de los aspectos de mi vida personal.
En resumidas cuentas, ahora toca disfrutar de lo conseguido. Ya habrá tiempo de estresarse cuando toque presentarse a las oposiciones.

¿Qué decir? Estoy feliz.

Un abrazo a todos.