15 junio 2007

Milagros caseros

El inconveniente de ser R2 novata y comenzar rotando en urgencias, en la "pecera" (la zona de camas, de pacientes no ambulantes), es que tienes que hacer trabajos para los que estás relativamente capacitada pero te falta criterio. Me explico. Puede que en una determinada situación sepas qué debes hacer, pero no sepas si debes hacerlo. De tal modo que los adjuntos (cuando no hay R mayor) siguen siendo imprescindibles en la toma de decisiones cuando tu limitada experiencia no te permite relativizar una situación y colocarla en algún punto de la escala de grises entre el "a por todas" y el "no podemos hacer nada".

Tuvimos ayer una paciente en la pecera, muy mayor, de más de 90 años, cuya familia contaba que generalmente podía caminar con ayuda, y que tenía una calidad de vida relativamente buena a pesar de su deterioro cognitivo. La habían dejado sola un rato y todo parecía indicar que se había atragantado, aunque nadie había presenciado el accidente. A su llegada estaba totalmente cianótica, con tiraje y trabajo respiratorio sumamente llamativos, saturaba al 16% y todo parecía indicar que se iba a morir en pocos minutos.

Cuando algo así ocurre con una persona independiente, o de menor edad, es llevada a la sala de Emergencia y se activa todo el mecanismo de actuación pre-parada. Mi primera duda al verla llegar y hacerle una evaluación rápida fue si debía llevarla a la Emergencia. Mi instinto me decía que sí, mi sentido común me daba argumentos en contra, y la adjunta me confirmó que no debía hacerlo. Mientras yo iba buscando un reservorio de oxígeno y se lo colocaba, otra compañera salía a informar a los familiares de que la situación era crítica.

La adjunta permaneció en el box conmigo todo el tiempo. Yo la miraba interrogándola con la mirada, sin dejar de auscultar atentamente a la señora y de controlar el monitor, mientras observaba preocupada cómo empezaban a aparecer extrasístoles ventriculares. Algo, quizá el sonido de su corazón - fuerte, recio, seco -, me decía que esa señora podía salir del episodio crítico. También me daba esperanzas el hecho de que llevase minutos y minutos sin remontar la saturación y no se infartase ni perdiese al 100% la conciencia. Pero la inmovilidad de la adjunta, en actitud reflexiva, me hacía contenerme.

Entró el hijo de la señora en el box. Parecía comprender la gravedad de la situación, le dio un beso a su madre y nos pidió que intentásemos conseguir un sacerdote. Así lo hicimos, y el capellán del hospital tardó aproximadamente 3 o 4 minutos en aparecer tras ponerle el busca. Para entonces, a nuestra paciente le habíamos inyectado ya 2 mg de cloruro mórfico y el trabajo respiratorio parecía haber disminuido algo, aunque la saturación seguía sin remontar. La adjunta permanecía expectante.

Dejamos al capellán a solas con el hijo y la señora. Al cabo de unos minutos salió y nos dijo que ya le había dado la extremaunción. Volvimos al interior del box. Observamos el monitor. Sorprendentemente, la saturación estaba en 40%. La señora seguía respirando y su corazón se mantenía en marcha. A ratos entreabría los ojos. Continuaba respondiendo a las llamadas.

Miré a mi "jefa" y le pregunté, no sin cierta ansia:
- ¿Lo intentamos?

Se lo pensó unos segundos, y finalmente asintió con la cabeza. Eso nos bastó. No la llevamos a la Emergencia, pero sí empezamos a pedir cosas a las enfermeras. Aspiración de secreciones. Otra vía venosa periférica. 200 mg de actocortina. Cazoleta mixta. Augmentine intravenoso. Otros 2 mg de mórfico... Radiografía de tórax, gasometría arterial...

Aquél fue el milagro del día. Ignoramos si lo hizo el capellán con su presencia, la adjunta con su gesto de afirmación, el hijo con su apoyo silencioso y su aceptación tranquila, o incluso nosotros, con nuestra insistencia. El caso es que, cuando a las 3 pasamos la pecera al turno de guardia para poder irnos a casa, nos despedimos de ella y de su hijo: "Hasta luego, Carmen!". Y Carmen, saturando al 97% y con su color rosado recuperado, sonrió.