24 octubre 2006

Sabiduría popular

Esta tarde, en el centro de salud, conseguimos sacar un rato para tomar un café antes de meternos de lleno con la consulta. Como quienes me conocen saben, yo no tomo café porque me produce ciertos efectos colaterales (es uno de los inconvenientes de la insuficiencia pancreática exocrina). Así que, fiel a mi costumbre, metí la mano en el bolso y saqué una bolsita de té con bergamota, que suelo llevar conmigo para tan felices ocasiones improvisadas.

Mi nueva tutora, que es natural de Segovia y criada en Ávila, me comentó alegremente que ella jamás toma infusiones porque le recuerdan a cuando era pequeña... las asocia con estar mala. Al parecer, en su región existía la costumbre de dar a los niños infusión de Jasonia glutinosa cuando pasaban por gastroenteritis y similares, y, ya puestos, ante el más mínimo dolor de tripa. La Jasonia es más conocida como té de roca, y posee un contenido en taninos tan alto que es capaz de parar cualquier diarrea. Entre sus otras bondades encontramos la de no contener excitantes, lo cual la convierte en una perfecta medicina para los niños malitos. No obstante, sabe amarga, y eso ha conseguido que muchos hoy adultos procedentes de Castilla y Aragón odien el té por principios.

La conversación era seguida atentamente por la limpiadora, una mujer unos años mayor que mi tutora (yo diría que unos 15 o 20), quien decidió participar contándonos su experiencia con las plantas. En su pueblo, de la provincia de Jaén, a los niños se les purgaba dos veces al año, antes de empezar el otoño y antes de empezar la primavera. Para ello se utilizaba el aceite de ricino (Ricinus communis), una planta con efectos radicalmente opuestos a los del té de roca. Una cucharadita del extracto del ricino provocaba diarreas mixtas a los pequeños (parcialmente irritativas y parcialmente secretoras), con lo que se aseguraban que tuvieran el intestino bien "limpio" para la nueva estación. Si bien no le encuentro mucho sentido a estas prácticas antiguas, supongo que alguno debía tener, y la explicación se ha perdido en lo profundo de las décadas. Al parecer también ha sido utilizado como método de tortura. Para qué contar más.

Sin embargo, inocente de mi, hay cosas aún más sorprendentes entre los métodos botánicos que la sabiduría popular ofrece. De la manera más cándida continuó contándonos cómo las mujeres campesinas necesitaban que los niños durmieran tranquilos toda la noche de un tirón, y el estupendísimo remedio que para ello utilizaban. Nada menos que ADORMIDERA. Creí entrar en shock al oirlo, tanto que exclamé: ¡pero ¿eso no es OPIO?! La mujer se me quedó mirando con cara de circunstancias: "Ah, no sé, pero les funcionaba; le daban un poquito mojado en el chupete o, si no tenían chupete, en un trapito, y dormían tan ricamente. Es que eran unos niños muy nerviosos los de allí".

Yo imaginé, estupefacta, cuán nerviosos estarían los niños de allí, acostumbrados al opio en estado puro, cada vez que notasen los síntomas de la abstinencia. Claro que estaban nerviosos. Como para no estarlo. A mi tutora también le entró la risita nerviosa y decidió que mejor nos íbamos ya para la consulta. Miré mi té a medio terminar con desconfianza.

Menos mal que estaba segura de haberlo traído yo misma en el bolso.

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